2009

La otra orilla
Bipersonal de Ernesto Carozzo y
Federico Romero

Encontrar el tono para presentar una exposición de fotografía que usa el mar en tanto mobiliario del retrato, como en las imágenes de Ernesto Carozzo, o el mar como elemento esencial de un lugar cuyos acontecimientos son registrados en tomas Snapshot, tal como luce en las de Federico Romero, no es nada sencillo. De algún modo, se podría decir que tenemos el privilegio de asistir, desde un lugar preferencial y en nuestra calidad de observadores, al diálogo entre miradas distintas.

Por ello, no es tanto lo fotografiado lo que marca un estilo que por su semejanza podría asociarse para ser exhibido: hay una clara diferencia y contraste entre la ausencia de movimiento en las imágenes de Carozzo y la plenitud y ritmo en las de Romero. Lo que los aproxima resulta configurarse casi espontáneamente si reparamos en que ambas miradas se han formado en un contexto similar y que, además, comparten el hecho de pertenecer a un mismo grupo generacional. Estas razones, aparentemente externas al territorio específico de la imagen se muestran, sin embargo, como anclajes tan evidentes que es preciso señalarlas para que no pasen desapercibidas.

El retrato es un antiguo género pictórico que al ser apropiado por la fotografía, bajo la idea de captar roles distintos y hacer énfasis en el género, la etnicidad, la clase social o la edad de los retratados suele señalar hacia un ámbito de interés propio del documento cultural. Ya en la década de 1980 se presentó, entre los fotógrafos locales, un fuerte interés por ‘disfrazar’ –por así decir- las identidades personales de los fotografiados, buscando escapar de cierto interés formalista imperante hacia tópicos de la ficción o de la memoria. Otro tanto, había ocurrido con las imágenes fotográficas que, desde la década de 1970, recogían el disfrute popular del verano en las playas de la costa verde. Allí también el contraluz, el colorido de los objetos, el bullicio trasladado al encuadre, o las marinas con zonas de difuminación casi pictorialistas, venían a recordarnos la naturaleza ambigua de la representación fotográfica, la cual parecía retornar de búsquedas de expresión personal para señalar hacia la reverberancia de lo espontáneo y vital.

Algo de esa misma actitud se retoma en La otra orilla. Sin embargo, ambas miradas, la de Carozzo y Romero, están allí para recordarnos también que las cosas suelen retomarse allí donde la generación anterior las dejó, pero con la ventaja –o la desventaja– de participar en un nuevo contexto. Así, los retratos de Carozzo luchan contra el inmovilismo que los roles reclaman, acentuando la naturaleza híbrida de los personajes que pueblan las playas de la Costa Verde en este final de década. Y sin embargo otras playas de Lima, pletóricas en acontecimientos, retan la naturaleza vivaz de quien se desplaza con la cámara –al menos así imaginamos a Romero– a la vez que encuentra el contraluz, o la vista tan lejana como cercana de quien recoge el contorno de un cuerpo que acaba de aparecer. Y todavía allí, salta a la vista el aura húmeda de la provincia y la sencillez que la acompaña, aun cuando esta se haya vuelto enteramente capitalina.

Los nuevos contextos están alterados, ya no existe la tranquilidad con la que en tiempos pasados todo parecía fluir. Recogen tensiones bizarras y las transforman de múltiples maneras. Las cosas ocurren más rápido y los medios técnicos con las que el fotógrafo percibe son radicalmente distintos, mientras que lo que cargamos como observadores suele invitarnos a buscar en nuevos tipos de representación. Estamos invitados esta suerte de conversación: dejemos hablar al otro y participemos sin descuidar lo que nuestra imaginación pueda aportar.

Augusto del Valle Cárdenas
Abril de 2009